martes, 25 de diciembre de 2012

El pirata que me robó algo más.


Mi estupor fue mayúsculo cuando, de un segundo al siguiente, pasé de hallarme sola en el carruaje a acompañada por lo que a primer juicio parecía un hombre del mal vivir. Su hedor inundaba el habitáculo. Sudor, sangre y salitre; un pirata. Cuando recuperó el equilibrio de su repentina entrada por la ventanilla, me miró. Clavó en mí esos ojos marrones, rodeados de tizne negro que bien sabe Dios a qué se podía deber. Esbozó una sonrisa muy particular bajo su recortado bigote castaño. Imagino que la visión de una joven que apenas había llegado a las veinticuatro primaveras, ataviada con un elegante vestido y unas bonitas joyas, le resultó grata. Su barba estaba recogida en dos pequeñas trenzas, y deslizaba una de ellas entre sus dedos pulgar e índice, pensativo, con esa mueca torcida. Y, de pronto, sin mediar palabra, se abalanzó sobre mí. Sus labios comenzaron a besar mi cuello y yo me hallé muda. De la prisión de mi pecho emergió un gemido. Era la primera vez que un hombre… He de reconocer que no me resistí. Su lengua, cálida y húmeda, se deslizó cuello arriba, hasta el lóbulo de mi oreja derecha, mientras sus manos se posicionaban ya en mi espalda, tratando de liberarme del vestido. Decidió que sería más fácil por delante y sus dedos acudieron raudos a mi pecho. Jamás olvidaré el sonido de la tela rasgándose. Su boca, de aliento podrido pero increíblemente embriagador, se encontró de pronto buscando saciar su sed con mis senos. Me despojó de mis enaguas. Yo estaba paralizada y sólo conseguía gemir, cada nervio de mi piel estaba electrizado. Se alejó un tanto de mí y quitóse el sombrero, dejando al descubierto un pañuelo rojo que mantenía a raya sus rastas, lanzó su chaqueta, su cinturón… Dejó al descubierto su torso, curtido por mil batallas, repleto de tatuajes y salpicado por numerosas cicatrices. Separó mis piernas. “Prepárate, cielo.” Y entró por la puerta grande con una embestida que arrancó de mi corazón el más increíble de los alaridos. Mis manos acudieron a su espalda como un acto reflejo, y estoy segura de que mis uñas habrán aumentado su colección de cicatrices, mientras permanecía avasallándome, enloqueciéndome aún más con cada roce de su pelo, de su piel, cada embestida. Creí que moría. Lo sentí todo amplificado un millón de veces, en una oleada de calor y locura. Un grito, nacido de lo más profundo de mi cuerpo y alma. El suyo, gutural, un sonido que nunca se podrá diluir en mi memoria, que aún hoy me acecha en sueños y que lo seguirá haciendo hasta el fin de mis días. Estaba exhausta. Él, sin embargo, no tardó en vestirse. Me miró otra vez, ésta con un brillo nuevo en los ojos. Levantó la mano, en la que asía mis pendientes, mi collar, mi diadema… “Buenas noches.” El hombre abrió la puerta del carruaje y se tiró en marcha. Apenas tuve fuerzas para acercarme a cerrarla.

Fue padre mismo quien la abrió de nuevo al llegar al fin de trayecto en Nottingham, y quien me halló totalmente desnuda, con el vestido destrozado a mis pies. Ningún cuadro hubiera logrado reflejar la suma consternación de sus facciones. “Me lo ha robado todo.” Temo que sólo yo conocía el significado de esas palabras, pues ese hombre, vil y sucio, se había llevado mi corazón.

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