miércoles, 19 de diciembre de 2012

Estoy nervioso.

Hoy os traigo algo especial. Viene con un poco de retraso, ya que lo escribí el día veintiséis del pasado octubre, pero el par de folios que ocupaban sufrieron ciertas peripecias y pequeños aunque no pocos viajes, y no me fueron entregados hasta el viernes.
Si queréis saber la historia de cómo surgió este relato breve, redirigíos aquí.
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Estoy nervioso. Esta mañana, papá ha entrado en mi habitación, temprano. Su mano sobre mi hombro. “Hijo, despierta.” Me anunció, mientras yo aún continuaba algo aturdido, que hoy era el día.

Salí de entre las cálidas mantas. Me vestí. Pantalón de pana, gruesos calcetines de algodón, botas. Maldito otoño helador. La camisa, y un grueso jersey que había tejido mi madre tiempo atrás. Aparecí por la puerta de la cocina tras unos escasos cinco minutos. Mi madre no cesaba en su ir y venir, trayendo utensilios varios. Cuchillos, que mi padre afilaba afanoso. Un gancho. Yo me preguntaba para qué.

Fuera, la humedad trataba de colarse en busca de mis huesos. “Coge al gorrino”, pidió mi padre. Y allí estaba yo, en la cochiquera, hundido en el fango hasta los tobillos, tratando de idean un plan para capturar al orondo cerdo.

No voy a negar que odio esto. Mentiría como un auténtico bellaco si os dijera que por mi mente no cruzó, más de una y de dos veces, la idea de abrir la portezuela y obligar a marchar al animal. Nadie le atraparía corriendo colina abajo. Si no lo hice fue por miedo a la reprimenda. Papá sería capaz de convertirme a mí en bacon y jamón.

Cogí una cuerda y se la pasé alrededor del cuello al tranquilo puerco. Pobre iluso, decidió seguirme. Lo subimos a la parte trasera de la furgoneta. Padre arrancó.

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Hoy es un día muy especial. Mi pequeño amo ha venido a buscarme más temprano de lo habitual. Me miraba, pensativo, mientras rodeaba mi cuello con la cuerda de amarrar las vacas. Me ha acariciado la tripita, como me gusta. Creo que me lleva a uno de esos concursos de los que tanto habla la gente. Siempre dicen mis amos que soy un ejemplar magnífico.

Me suben a la furgoneta. Estoy nervioso.

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Padre detiene el ruidoso vehículo frente a la cabaña. Bajamos al gorrino. Lo tomo por la cuerda y nos sigue dentro. Es un gran día, se ha reunido toda la familia para ayudar. Mi tío cierra la puerta.

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Esto no es un concurso. No hay más cerdos. ¿Por qué hay tantos cuchillos? Miro a mi pequeño amo. No me gusta lo que veo en sus ojos. Grito: “Tengo miedo”.

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Tengo miedo. El puerco comienza a chillar. Papá, el abuelo y los tíos lo agarran. Lo levantan. Yo tengo que sujetar el gancho. El animal se revuelve. Me obligan a estar. Me obligan a mirar. El sonido es insoportable. Creo que me voy a desmayar. ¿Por qué me haces esto, papá?

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